Greta Thunberg no mira como estamos acostumbrados a que nos mire la gente, le cuesta mantener la mirada en los ojos de otra persona. Su sonrisa es encantadora pero dura muy poco. Tiene dificultades para interpretar, a través de su lenguaje no verbal, qué sienten otras personas, tienes que decírselo si quieres que lo sepa y ella misma apenas expresa emociones por ese cauce. No entiende la falsedad, tampoco las metáforas, de hecho no sabe mentir, carece de ese filtro. Greta Thunberg enfoca su vida, en este momento, a alertar y concienciar sobre el problema que los políticos del mundo no afrontan: el cambio climático. Pone en ello todo el tesón y la inteligencia que posee. Greta ha nacido con síndrome de Asperger y es una activista sueca. Tiene 16 años y el aspecto de una persona más joven de lo que corresponde a su edad.
La primera vez que vi y escuché a Greta fue en uno de esos vídeos que se mandan por wassap. En ese momento no sabía que tiene síndrome de Asperger. Leía un discurso ante los gerifaltes de la UE y el contenido era una bronca a los políticos por su irresponsabilidad ante las consecuencias del cambio climático que se nos ha venido encima.
Utilizaba términos y expresiones más propios de personas adultas que de la niña que ella representa. Su lectura me resultaba “robótica” por el tono más bien plano, las paradas entre frases, la perfecta, aunque marcada dicción del inglés No mostraba ningún derroche de expresividad en su lectura ni en su rostro. Entonces, ¿Por qué resultaba tan “hipnótica”?
Hay muchas maneras de leer para llegar al fondo de las personas, ella lo demuestra. Su presencia: el aspecto de niña correcta, las trenzas o la sencillez que respira su movimiento ya invita a escucharla. Lo que nos llega es un mensaje de una claridad apabullante tanto en el contenido como en la pronunciación; aderezado con una voz de dulzura envolvente y hasta con una pizca de ingenuidad pero de una contundencia y firmeza innegables, seguramente porque cree profundamente en lo que dice y también cree imprescindible hacerlo oír. Se (nos) hace reflexiones elementales ante el absurdo y el peligro que representa la inacción y las acompaña de silencios ligeramente más largos de lo esperado que nos desnudan ante la verdad expresada sin alharacas y nos lanzan al vacío.
La verdad, la autenticidad es algo que la mayor parte de las personas somos capaces de percibir. Tal vez, sin darnos demasiada cuenta, nos están (nos estamos) acostumbrando a la falsedad y, de pronto, como en el cuento “El traje nuevo del emperador”, una persona genuina viene a recordarnos cómo reconocerla.
Les invito a escucharla. Es toda una experiencia.

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