Algunos de los recuerdos más agradables que conservo de mi paso por el Colegio de las Agustinas se ubican en las clases de “Labores del hogar”, y no porque me gustara coser, (que no), sino porque un año conseguimos que la monja nos dejase leer y escuchar lecturas de los libros que nuestra querida compañera Emma empezó a traer.

Al principio  “La Cola Cao” (la llamábamos así porque era casi imposible verla sin su lata de hilos bajo el brazo) se mostró recelosa pero la pillamos en un día bueno y se atrevió a probar. Enseguida se dio cuenta que aquello iba como la seda: Se acabó el mandar callar y el chistar; todas en silencio, como malvas cosiendo y escuchando; viviendo juntas momentos mágicos que propiciaban la cohesión y el buen rollo. Yo creo que se lo pasaba estupendamente bien aquella sor que no parecía haber leído otra cosa que breviarios y, si acaso, vidas de santos.

A veces hasta sonreía.

Hace tantos años de aquello que no puedo recordar todo lo que leímos y digo leímos porque, aunque fue Emma la que más voz puso a las lecturas, todas disfrutamos de las aventuras que traían aquellos libros hasta el punto de que mi hermana y yo empezamos a ahorrar nuestra paga para comprar algunos. Al principio era Enid Blyton. La serie “Misterios” cayó al completo. Aquellos personajes se incorporaron a nuestras vidas. Nos enamoramos de Nabé a la par que Diana, nos divertían las travesuras de Chatín con su perro Ciclón que estaba como una cabra, y emulábamos también a las colegialas de Santa Clara y Torres de Malory ideando numeritos para hacer más divertidas las tediosas clases de Naturaleza con el profesor Tojal (¡a las 3 de la tarde!) o las de Física y Química con el “pasota” de Riaño.

La agradable voz de Emma, su manera maravillosa de leer nos sumergía en aquellos mundos y las vainicas, festones y puntos de cruz fluían sin enterarnos, aunque luego hubiera que deshacer la labor. Durante aquel tiempo mi voz lectora interna era la de Emma: su calidez, el modo en que personalizaba las voces de los protagonistas, su tono pausado o el énfasis cuando la trama se complicaba. Todo me cautivaba.

Sé que le debo a Emma mucho más que su voz prestada, esa me ayudó a modular la mía propia; le debo también una buena parte de mi afición lectora. Cuando nos hicimos más mayores me dejaba libros del Círculo de Lectores que su bella madre compraba porque, además también era una gran lectora. Hicimos juntas Magisterio pero yo creo que su mejor magisterio ya lo había ejercido con nosotras introduciéndonos la lectura en las “clases de labor”. Ella me ha seguido acompañando a lo largo de mi vida profesional, nunca he dejado de tener presente que la mejor “animación lectora” que se puede hacer en la escuela es leer en voz alta. Leer como Emma.

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