Hace algo más de un año que, en aplicación de la Ley de Memoria Histórica, el Ayuntamiento de mi pueblo celebró un Pleno extraordinario para homenajear a los asesinados y represaliados de la localidad durante la Guerra Civil.

En este tipo de actos, con el carácter solemne que merecen y más si son administrativos, como es el caso, hay que soportar educadamente el procedimiento previo de lecturas varias: acta de esto o de aquello leída a toda mecha y con la boca por debajo del micrófono; la declaración institucional de rigor con la palabrería que corresponde. Toma ahora la palabra el señor alcalde que lee su propia declaración; cede la palabra a la señora tal del partido cual y al señor cual del partido tal para que hagan lo propio con la suya. Ya va el señor concejal X que lee la lista completa de los 62 para que figure en el acta y luego la vuelve a leer para los espectadores ya que el pleno se lleva a cabo en el escenario… ¡Por fin empezó el homenaje!

Fue un acto emotivo, tardío y muy necesario. Yo asistí con mi madre, y, si bien es verdad que no nos afectaba de forma directa, nos sentimos agradecidas y muy conmovidas por lo que allí se escenificó.

La familia subía al escenario para recoger un escrito conmemorativo de reparación y tenía a su disposición un micrófono para expresar lo que quisiera.

Como cabe suponer, hubo variedad de procederes: los que hablaron, los que leyeron y los que no. Sólo vi a una mujer mayor heredera directa de los homenajeados y su sola presencia allí encogía el alma y revelaba un efecto: “¡Tarde!”. Cuando otras personas de la siguiente generación tomaban la palabra y lamentaban que su padre, su madre o sus tías no estuvieran allí, el efecto se acrecentaba: “¡Antes!”. Supimos, y me impresionó, que descendientes muy jóvenes habían seguido viviendo hasta ese día con el enorme peso de la injusticia cometida contra su familia. “Bueno, sí, tarde, pero ha llegado”. “¡Necesario!”.

La lectura final nos resarció del tostón inicial de lecturas institucionales, al menos a mí. Un poeta najerino, nieto del legendario alcalde republicano Félix Morga, leyó un discurso, escrito por él, que puso en su sitio todos y cada uno de los sentimientos allí desatados. ¡Y cómo lo leyó…!: el tono, el volumen, las pausas, los silencios, el tempo, la profundidad… Todo adecuado porque todo es importante.

No es fácil lograr el equilibrio exacto que transmite la tristeza, el reconocimiento, el dolor y la aceptación desde la serenidad; modular la voz que relata, reclama, reflexiona y concluye con tan ajustada hondura y conseguir, momento a momento, hacer vibrar al público en una misma sintonía.

Me llegó tan adentro que le pedí el texto. No fui la única, varias personas más lo quisieron y, amablemente, dejó unas copias en el bar de su cuñada. Lo he leído varias veces. Es un texto admirable. Pero lo que realmente me gustaría es tenerlo grabado y escucharlo de nuevo una y otra vez para disfrutarlo y para indagar en los matices de una lectura memorable.

¡Viva la paz social y la buena vecindad!

Un pequeño reto lector: Trata de leer la última frase en voz alta sin que suene a consigna del Partido Comunista.

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